¿Qué les está sucediendo a las Renovables?

Cosme de Arana marzo 19, 2012

Durante estos últimos días se está hablando mucho acerca de las energías renovables, y no se está haciendo precisamente en la dirección en la que a muchos nos gustaría. El detonante de esta situación se halla en la suspensión del sistema de primas para nuevas instalaciones de producción energética a partir de cogeneración, fuentes de energía renovables y residuos, aprobada por decreto (Real Decreto 1/2012, de 27 de enero) y que en la práctica supone una moratoria para el sector. Posteriormente, la Comisión Nacional de Energía (CNE) elaboró el Informe sobre el sector energético español por encargo de la Secretaria de Estado de Energía, el cual pretendía proponer medidas de ajuste principalmente dirigidas a atajar el déficit tarifario en el sector eléctrico. Parece ser que este informe no ha hecho sino avivar el conflicto existente entre los distintos intereses del estratégico sector energético.

El déficit tarifario es la diferencia entre los ingresos procedentes de los peajes de acceso a las redes de transporte y distribución de energía eléctrica y los costes de las actividades reguladas del sector eléctrico que deben cubrir. En la práctica no es más que la diferencia entre lo que paga el consumidor y el coste reconocido por la compañía eléctrica. Esta diferencia de costes ha significado la acumulación de una deuda contraída por parte del Estado con las empresas productoras de electricidad que ha alcanzado extremos intolerables. A principios de marzo de este año, la deuda ascendía a más de 21.800 M€, lo que sencillamente es insostenible en el actual contexto de crisis.

Ante esta situación, últimamente estamos viviendo una autentica batalla para identificar culpables, con argumentos en los que las cifras bailan arriba y abajo según quien las publica y generando así una gran confusión. En efecto las cifras son muy fácilmente manipulables a favor de cualquiera de los argumentos, por lo que en contraposición debemos apelar al sentido común.

En el actual mercado eléctrico o pool, el precio de la electricidad queda fijado en las subastas energéticas por la última fuente en cubrir la demanda, empezando por la energía nuclear y las renovables, que ofertan a precio cero (en el primer caso principalmente porque sus operaciones de arranque y parada son costosas, y en el segundo para fomentar su uso frente al resto de recursos). En consecuencia, las centrales nucleares e hidroeléctricas perciben unos ingresos muy superiores a sus costes de producción.

No hay que olvidar que las centrales hidroeléctricas y nucleares presentes en España son fruto de la inversión pública efectuada cuando el sector eléctrico no estaba aun liberalizado. Su desarrollo por tanto, ha sido directamente financiado por el contribuyente, mientras que los beneficios actuales repercuten en las arcas privadas. Esta situación no es ajena al resto de sectores económicos. Los grandes avances tecnológicos han estado siempre estrechamente ligados a la inversión pública, lo cual parece lógico pues en definitiva es toda la sociedad la beneficiaria de dichos avances. En el caso de las renovables se ha optado por un sistema de incentivo al desarrollo basado en primas. Estas primas no salen de los Presupuestos Generales, si no que provienen directamente de los consumidores mediante el recibo eléctrico, y este hecho ha contribuido notoriamente a la demonización de las energías limpias.

Continuamente se menciona que las renovables suponen un incremento en el precio de la electricidad. Incluso salvando el hecho que el precio de la electricidad incluye los costes derivados del establecimiento de un nuevo sector estratégico tal y como ya se ha comentado, esta afirmación es más que discutible tras un análisis no demasiado profundo.

Actualmente en España, las tres principales alternativas energéticas a las renovables son, por orden de importancia, la nuclear, los ciclos combinados, y el carbón (20%, 19%, 16% respectivamente de la producción eléctrica total del 2011 frente al 31% de origen renovable).

En el caso de la nuclear, parece lógico que su coste de producción sea bajo cuando este no incluye ni las inversiones multimillonarias que supusieron la construcción de sus centrales en el pasado, ni los costes asociados al desarrollo inicial de su tecnología ni por último, y no por ello menos importante, el peligro de padecer un accidente nuclear como el de Fukushima.

El autoabastecimiento de energía primaria en España se sitúa en torno al 20%, lo que significa que más del 80% del total de energía que se consume en el país ha sido importada. No obstante, este dato no parece haberse tenido en cuenta a la hora de fomentar la implantación de las centrales de ciclo combinado. En paralelo a las renovables, este tipo de centrales han vivido un crecimiento constante durante la última década (entre 2005 y 2011 la potencia instalada de este tipo de centrales se ha duplicado). La dependencia de los combustibles fósiles genera inestabilidad e incertidumbre. Tan solo hace falta ver las sucesivas operaciones militares en Oriente Medio para entender que esta dependencia ocasiona conflictos geoestratégicos con graves repercusiones tanto para nuestro país como para los países ricos en este tipo de recurso.

Si a estas problemáticas se le suma la imperiosa necesidad de combatir el cambio climático, no parece muy prudente seguir apostando por el crecimiento de las centrales de ciclo combinado y por nuestra dependencia en la importación de gas (principalmente de Argelia, si bien su procedencia se ha ido diversificando con el tiempo). Los peligros asociados a su uso, así como el conjunto de externalidades no contempladas, restan importancia al actual precio de los combustibles fósiles. Además, no resulta difícil pronosticar que el precio del petróleo y del gas seguirá incrementándose si se considera el actual aumento en la demanda de los países emergentes al mismo tiempo que disminuyen las reservas y las posibilidades de extracción de forma barata.

En contraposición a todas estas externalidades que no integran los costes de producción de la electricidad a base de recursos nucleares o de combustibles fósiles, las energías renovables ofrecen precios cada día más competitivos y que no suponen daños colaterales sobre la sociedad ni el medio ambiente. Además, sus precios reflejan buena parte de los costes asociados a la lucha contra el cambio climático. En este sentido, se debería discutir si conceptualmente es lógico que la mayor parte de la inversión destinada a reducir las emisiones de CO2 sea costeada por el consumidor de electricidad, cuando ni tan solo es precisamente el sector eléctrico el mayor responsable de las emisiones (la emisión de CO2 asignable a la producción eléctrica no alcanza ni una tercera parte del total de emisiones del sistema energético español).

Aparcando los aspectos relacionados con el coste de generación e intentando hacer un ejercicio de análisis global a largo plazo, aunque desgraciadamente ésta no resulte una costumbre habitual en la política de nuestro país, las energías renovables nos presentan aún más atractivos. En la actual coyuntura de crisis económica no se debe ver a las renovables como un problema, sino como una posible solución. El desarrollo de las energías verdes en España se ha erigido como referencia a nivel mundial. Contrariamente a muchos otros sectores estratégicos, las energías limpias han representado el florecimiento de un tejido industrial de gran valor añadido, con tecnología local y con una fuerte actividad de investigación. Obviar este hecho tan trascendental significa perder la oportunidad de consolidar el único tipo de actividad que puede mitigar la actual crisis del modelo productivo español, como tantas otras veces ha sucedido en nuestro pasado.

Los acontecimientos recientes no nos invitan a ser optimistas. Todo parece indicar que de nuevo las políticas a corto plazo y los intereses de determinados agentes anularán las posibilidades de establecer un sector pionero en España, al mismo tiempo que se perderá el tren en nuestra contribución a la sostenibilidad mundial como país. Y mientras tanto, en el trasfondo reluce la raíz del problema de las energías renovables: los recursos renovables, a diferencia de los hidrocarburos o el uranio, no son monopolizables. Sin una consciencia colectiva informada y cohesionada, la defensa de las energías limpias nunca podrá ser equiparable a la de los recursos energéticos convencionales.

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